La selva, inextricable. Rostros camuflados y dedo sobre el gatillo del M-16. Calor sofocante. Un gesto, la patrulla se detiene. A la orilla del camino unas cuantas hojas de coca en el suelo y huellas de bicicletas medio borradas por la lluvia de la noche. Suavemente, el “cazador” abre la senda. Entramos. Las botas pisan ligeras la vegetación.
A unos metros a la derecha esperan los bidones de diesel, a unos pasos están las bolsas de cal. “Positivo”, seguimos. Piñales, senda, más piñales, avanzamos agachados y al trote.
Huellas frescas de pasos que se pierden en la vegetación. Estamos cerca. Verificamos los equipos para ver si alguno de esos ruiditos inesperados puede delatar nuestra presencia. Nada. Pasos, lentos. Selva espesa. Voces a unos pocos metros, están charlando mientras dan vueltas por la poza de maceración. El dueño del “boliche” está verificando la mezcla en el “chiquero” para ver si está en el punto correcto. Falta aún...
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