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EL AGUILA

 

Cayó el Aguila

¡Cayó el águila, y cayó antes, tantas veces sobre esa lona azul manchada con sudor y sangre, que ni se dio cuenta de que esa vez se le iba la cadera sobre el asfalto. De los pocos huesos que le quedaban intactos desde que había dejado la lucha libre, ese lo dejaba inmovilizado.
Cayó el águila como piedra en el medio del charco de sus 74 años. Cayó hondamente, contra el rudo suelo de la soledad de un cuarto de hospital. Murió el águila y quedó el hombre, sin siquiera el recuerdo de lo que había sido su vida para los demás.
Félix Burgoa Plata, alias el águila, había sido de los más grandes, antes, en los años 60’.

 


 

El año 2005 le había finalmente pasado la factura. Me siento, observo cómo más allá en el corredor, las auxiliares, desdibujadas en sombras chinas por la violenta luz de la ventana del fondo, afeitan al luchador.
-tiene que estar churo Don Félix, tiene visita, le dice una.
Don Félix no para de pedir de que lo muevan de costado, grita que le duele y que sólo quiere de que le den la vueltita nomás. En el cuarto de al lado una anciana se rehúsa en comer.
Don Félix sigue llamando a la doctora mientras tanto yo explico a la auxiliar quién soy, simplemente amigo de un amigo.

 

 

Ella me sonríe, dice que no importa, que cualquier visita le hace bien.
Se quedó tanto tiempo sin mover en cama, antes de llegar al hospital, que tiene heridas hasta los huesos. Cada día, esas se infectan una a una, como una larga cadena luminosa de sufrimientos. Le pido el cuadro médico a la enfermera, En voz baja, triste, está mal, muy mal, me dice moviendo suavemente la cabeza y se va.Empujan su silla de ruedas hacia mí. No sé qué hacer. El Mister Atlas, luchador que me dio el dato, me había avisado: no reconoce a nadie, ya no se acuerda. Pasan entonces largos, muy largos minutos durante los cuales trato de hablarle de algo, lo que sea, soltando nombres, ganchos, esperando alguna reacción suya.

 

 

 

 

Quisiera de que me cuente como era antes, antes de que las mismas grandes figuras de la lucha libre en México vengan hasta Bolivia, antes de que cada uno de sus huesos de águila quede definitivamente impregnados con las huellas de cada lucha, antes de la última caída.
Quisiera ver al águila salir de su piel de anciano paralítico, amnésico y abandonado al borde de la carretera de la muerte. Quisiera ver surgir del fondo de sus ojos la aura de su gloria pasada, sentirla fluir en el aire, escucharla irradiar en el frío del hospital, dirigirse hacia mí y contármelo todo.

 


 

Me siento como esos niños que persigan a los luchadores a la salida de los camerinos, antes del combate, para estrecharles la mano, recibir un breve saludo, posar con ellos para una foto. Quisiera que me mire y me cuente lo que fue su vida, antes de que llegue el último combate, en unas horas, unos días, semanas quizás.
Después de media hora, entre dos largos silencios, me suelta por fin un -yo fui luchador-, y nada más. Miro mi cuaderno de notas, lleno de preguntas sin respuestas, lo pongo de vuelta en mi bolsillo y suelto un pesado suspiro. Ni siquiera había encendido mi grabadora.

 

 

 

Muchos largos silencios más tarde, salgo del hospital con la mirada incrustada en la calzada, pues, una vez más, tengo que admitir de que si los golpes no perdonan, el tiempo menos aún.
Jueves 16 de Febrero del 2005.
Ninguna de las enfermeras vio como la muerte venció al Aguila .Todos sabemos que la parca tuvo el tiempo de preparar su última llave, aplacando el cuerpo del Aguila en su cama mientras el tiempo, arbitro vendido y corrupto, contaba lentamente: “1, 2, 3…¡y venció la que siempre gana!…” Pero nadie aplaudió.