Miro a mi compañero botando la vaquita de masapan y los panes por la ventana y se me retuerce un cacho el estomago...Ya sé que él anda enojado y rechazando todo, pero igual, me sigue doliendo. No es por el pan, no es por la vaquita, sino porque creo poder sentir que alguién le metió ganas en hacerlos y que esas masitas que iban destinadas al muerto honrado también le fueron regalado con cierto cariño. Prueba es que a mí, nadie me regala nada, soy muy tosco, escuridizo y sólo quiero andar de hombre invisible entre la gente. El lugar huele a muerto a varios kilómetros, esos cadáveres a penas enterrados bajo unos centimetros de tierra. A veces hay huesos que se escapan, barridos por las pocas lluvias y se van de paseo entre las tumbas. Es un cementerio clandestino y gigantesco de El Alto y hoy es el día para despedirse de las almas de los muertos venidos de visita. Cada uno anda a la tumba de su o sus familiares y, si la plata le da, a gran resfuerzo de mariachis, come, toma, canta y llora con su pariente pasado al más allá. Los niños corren y salten de tumba en tumba y uno que otro perro trata de mendigar un pedazo de pan. Y si a falta de eso logra sacarse un hueso por ahí, pues, igual vale...

Las nubes bajas y negras dan un aire de fin del mundo a este panorama, agudizado por el vient que levanta grandes polvaderas grises, de arena y basura. Llega el atardecer, los borrachos se quedan mientras las almas se van, y los perros también...

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