
Gordita, entre sensualidad y símbolo de cierto estatus económico cerca de la bonanza, Carmen, los labios teñidos de un rojo profundo, pasa entre el público.
Este la besa, la felicita, le regala flores escarlatas, rojas como la sangre, obviamente. Precipitan sus dedos para tocar sus polleras coloridas, rozar un instante su símbolo, su memoria, su orgullo.
Pero en un fracción de segundos, dos « birlochas » occidentalizadas surgen de entre el público y saltan encima de Carmen.
Estrellada en el suelo entre sus faldas y polleras, como un nenúfar arrugado y maltratado, Carmen no tuvo el tiempo de reaccionar bajo el peso de Ana la vengadora. Esta inmoviliza a Carmen durante unos largos segundos que aprovecha para plantarle sus incisivas en el cráneo. La sangre empieza entonces a chorrear y un estremecimiento de rabia atraviesa el público...