<<< Volver

Textos / Potosíxxxxxxxxxxxxxxxxxxxxx

El cerro agonizante

Jhonny levanta su casco. Abre la lámpara de carburo, la sacude y escupe adentro.
La saliva negra chorrea espesa y vuelve a dar algo de vida a la reacción química necesaria para encender la lámpara. Fósforo. Funca. Levanta sus herramientas y sale de su socavón.

Jhonny está hundido en la polvadera levantada por la explosión de las dinamitas. De nada sirve quedarse aquí, mejor ir a ch’allar un rato afuera.

Se llama Jhonny, pero del confort americano que debería ser vinculado a su nombre, quizás elegido por su madre como deseo de opulencia, sólo tiene un cuarto de adobe sin ventanas en los barrios altos de Potosí. Camina rápidamente por las galerías, derecho, derecho, agachado, arrastrándose, levantarse, bajar las precarias escaleras de madera, deslizarse por un buzón de mineral, otra vez arrastrarse, levantarse, doblar por aquí, bajar por allá y por fin llegar a la galería principal.

De ahí todo está más fácil. Se llega en unos diez minutos hasta la salida del socavón principal, pero lastimosamente no a la de la miseria. Adentro o afuera sigue caminando entre rocas y minerales fugitivos. Es como un túnel portátil que lo sigue hasta que el sueño lo aplaste sobre su colchón de paja seca.

La bocamina. Afuera llueve y un grupo de turistas embarrados se prepara para tener algo de emoción, de exotismo subterráneo. Los otros mineros agrupados y sentados en la entrada los miran apenas, a las chicas a veces. Deslizan dos o tres palabras, surgen las risas.
“A mal tiempo, buena cara” se dice, dale con el trago. Se llena la tapa de la botellita con alcohol, se vierte unas gotas en el suelo, la Pachamama, y seco, adentro…pasar al vecino.
La conversación se anima un poco más con los minutos y se habla un poco de todo.

 

Vuelven a salir los turistas con sus máscaras de compasión y espanto. Peaje. Se les saca las dinamitas, guías, detonadores y puchos restantes que compraron en el mercado, como maní para monos en el zoológico minero. Se muestran lo más respetuoso posible hablando como a atrasados mentales en un ceremonial casi religioso, ofreciendo sus riquezas como un despertador eléctrico a un reductor de cabezas amazónico. Dan pena. Uno que otro minero se burla de ellos, pero todos saben que cuando los “gringuit’s” vuelvan a sus casas, a sus camas de colchones espesos y frigoríficos repletos, lo primero que harán será contar lo espantoso de las condiciones de vida de esos “pobrecitos” encerrados en su mina de agonía. Saben también que dormirán mejor aún pensando en lo dichosos que son de pertenecer al grupo de los que mandan sobre el planeta. Saben que pertenecen a otro mundo, allá, tan lejos, detrás de las nubes. Igual, al final no les importa un bledo.

Desfilan las horas y afuera el frío, como perro rabioso, muerde más y más fuerte.
El alcohol sirvió de algo, pero hay que irse. Un primo bajó su camión hasta la cooperativa y todos saltan atrás. En el camino, el vehículo destartalado tiene que parar una decena de veces para empujar a un costado a los que ya están tirados como Cristos sobre las cruces de sus borracheras. Martes de ch’alla y puro sacrificados sobre el monte del estaño.
Al día siguiente, los mismos rostros se cubren con los mismos cascos, encienden las mismas lámparas y se hacen tragar por el mismo cerro. Adentro, la misma veta de mineral se engancha o desaparece entre las piedras, los mismos golpes hacen avanzar, milímetro a milímetro la punta dentro la roca. Dinamitas, ch’alla, golpes en la pared para avisar alrededor, escapar y contar las detonaciones. La lámpara se apaga con las explosiones y la tierra tiembla como presa por un orgasmo mineral.

En un socavón lejano, el “tío”, diablo y dueño de las entrañas del mundo, ríe suavemente desde el fondo de los ojos de vidrio incrustados en su estatua de barro y serpentines.

Jhonny levanta su casco. Abre la lámpara de carburo, la sacude y escupe adentro…