Racimos de cabezas de cerdos, con o sin triquinosis - esa "ligera" enfermedad mortal que destruye progresivamente el cerebro humano - sangre chorreando por la vertiente de la estrecha calle, tripas vendidas al metro, montonera de cuerpos sin patas y abiertos por la mitad...Llegan al mercado el año nuevo y los compradores de carne de chancho. Un borracho, de aquellos que gustan adelantarse a los festejos, titubea un poco más allá, tratando desesperadamente de recordar su nombre, o por lo menos poner un pie delante del otro. Quizás las jarras de trago infame diluido con colorantes, gasolina u alcohol metílico, tragos que la Alcaldía no pudo decomisar, tienen algo que ver con su estado. Al inicio duele, luego anestesia, finalmente es cuestión exclusiva del destino...
Volteo la mirada y dejo al borracho en su función privada de la montaña rusa, mientras una vendedora me grita:"¿y este gringo... pa'ké saca fotos?!" . Llegan otros camiones repletos de cerdos que la Guardia Municipal tendrá que inspeccionar y sellar o decomisar. A través de las estrechas calles del mercado los cargadores corren con la carne en la espalda. Las doñas, de compras, observan incansablemente: patas, cabezas y cuerpos esparcidos por los puestos, buscando "su presa" para el plato de fin de año.
embalsamadores musulmanes, amables y pacientes, filosofando mientras trabajan con sus especies y aceites perfumadas; Clic, difuntos olvidados, solitarios, anónimos, osamentas mezcladas entre varias tumbas por los movimientos de tierra, momificados, putrefactos, huesos limpios.
Vuelvo a sentir el barro agarrar mis pies y las cenizas esparcidas en el viento.
Vuelvo a percibir el roce de todos esos dramas en los cuales tratábamos de ser lo más discretos posibles, casi invisibles, para no molestar, para no sufrir.
Un día lloré y me prometí nunca olvidar lo que luego tatué en mi brazo: "requiem pulvis es et in pulverem reverteris*".
Que se trate de chanchos, corderos, hormigas o humanos, a diario y bajo nuestras narices hay un asunto de muerte y desaparición, olvido, memoria creada y memoria perdida o borrada, y la carne, de qué o quién sea, sigue siendo solo carne, un simple icono del recuerdo, un asunto de muerte pendiente...
Vuelvo a ver las peores "anécdotas" que me tocaron vivir, las cuales no me atrevería escribir. Rememoro los trabajos como ayudante thanatopractor, preparando los cuerpos sin nombres, buscando arterias y el corazón con una sonda para vaciar la sangre, rompiendo articulaciones, cociendo, afeitando, pegando ojos con gotita y rellenando narices y orejas con algodón, vistiendo uno tras otro a esos "pesados muñecos". Todavía tengo nítidas imágenes de los cajones metálicos abriéndose y volviéndose a cerrar sobre los mismos cuerpos, en ateneas todas iguales. No olvido los asilos de ancianos, la mirada de "los que quedan" y se despiden de un amigo más, ni los entierros, las cremaciones, los llantos, los gritos, los susurros y el discreto impacto de las lágrimas sobre el cajón bajando al hueco.
Memoria, imágenes. Clic, peleas familiares sobre el cajón, insultos y golpes en el cementerio de l'Ariane; Clic, entierros de niños que nadie quería realizar y de los cuales casi cada integrante de la funeraria volvía llorando, en silencio; Clic, krishnas que festejan la ida del difunto a mejor vida, y de donde salimos humeados, fumados y felices; Clic, gitanos que nos matan de miedo cuando el carro fúnebre anda recoger el cuerpo en una casa rodante, en medio de otros coches desmantelados y quemados, bajo las miradas amenazadoras; Clic,
Llego a casa, me siento finalmente frente a mi plato y miro la carne (de cordero) debatirse entre las verduras. Instantáneamente me imagino convertido en marciano, cortando tierna carne humana, mientras le tengo que decir a mi hijito marcianito que deje de jugar con la comida y acabe su plato de una vez. Observo las bocas abrirse y cerrarse, los dientes masticando, las lenguas ayudando a la sangre a bajar por las gargantas...siento la carne ahora liquida dirigirse hacia mi estómago sin poder dejar de imaginarme un humano como festín. Trato de visualizar alguien detestable, para no tener remordimientos a cada bocado, y como qué, funciona. Luego voy a editar mis fotos y, error de los errores, empiezo a ponerles nombres a cada chancho degollado, en cada foto. Luego de la tercera, tengo que parar. Así no se puede. "Soy humano, son chanchos, los humanos comen chanchos y aquí no pasa nada".
Me lo repito tres o cuatro veces y logro calmarme. Recuerdo entonces tiempos pasados, cuando andaba de sepulturero. La sensación de carnes maltrechas entre mis manos, el malestar frente a los familiares horrorizados, el hedor que no se despegaba de mí durante semanas, aun cuando fuera sólo en mi mente.